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Desde la península de Reykjanes hasta el lecho cambiante del río Skeiðará al este, el Sur despliega su diversidad, alternando vastas llanuras y montañas, volcanes y glaciares, coladas de lava e inmensas extensiones de arena. Esta región, la más poblada del país fuera de la capital, está igualmente repleta de recuerdos históricos. Las excursiones de un día desde Reikiavik permiten admirar un buen número de las más bellas joyas de la naturaleza islandesa.
El periplo del 'Círculo de Oro' reúne tres sitios imprescindibles: Þingvellir (Los Llanos del Parlamento), la magnífica cascada de Gullfoss adornada con su arco iris, y la zona geotérmica de Geysir. Los aficionados a la historia -y los de la música, sábados y domingos en verano- añadirán una visita a la iglesia de Skálholt, antigua sede arzobispal de Islandia.
Un poco más lejos, el valle del río Þjórsá ofrece una vista única del volcán Hekla, siempre peligrosamente activo a pesar de su aspecto adormilado. Al fondo del valle, los vestigios de la granja de Stöng, enterrada por cenizas volcánicas en el siglo XII, y su réplica a poca distancia, nos sumergen en el pasado de la isla.
Un pasado más reciente está presente en el museo de tradiciones populares de Skógar, a dos pasos de la magnífica cascada del mismo nombre. Un vikingo habría ocultado allí su tesoro -¡y la anilla del cofre se encuentra en el museo! Siguiendo hacia el este, hay que asomarse al acantilado horadado de Dyrhólaey, con la multitud de aves que allí anidan, antes de llegar al pueblo de Vík, junto a una bella playa de arenas negras. Más allá, las arenas se extienden hasta donde la vista alcanza -aluviones depositados por las enormes inundaciones de los ríos glaciares.
Eldhraun, una inmensa colada de lava tapizada de musgo, las sucede. Procede de la hilera de cráteres de Laki, a unos 40 km de distancia, que vomitaron en 1783 la mayor cantidad de lava conocida en tiempos históricos, sumergiendo a Islandia en el período más sombrío de su historia.
La corriente incandescente perdonó milagrosamente a Kirkjubæjarklaustur (¡vaya nombrecito!), gracias al ferviente sermón de su reverendo. Es un lugar encantador, al pie de altos acantilados por los que se precipita una cascada.
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